Esa mañana al abrir los ojos todo parecía distinto, no sabía porque, pero era la sensación que le embargaba por dentro. Al asomarse a la ventana del hostal, el sol creía que calentaba más, las nubes que la noche anterior amenazaban lluvia se habían evaporado y vio como la luna desaparecía por la lejanía a modo de despedida, instante en el que sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.
Recogía sus pertenencias a la vez que pensaba en lo que aquella mañana le depararía, cada vez estaba más cerca de su destino, ya tenía en su bolsillo el billete de ida, solo de ida porque era lo que se había propuesto, siempre estaría a tiempo de sacar el de vuelta, porque no quería volver a cerrar nada en su vida. Por haberlo hecho una vez se encontraba tan perdido.
Atravesó la ciudad muy despacio, no tenía prisa, había tiempo suficiente para coger el tren. Pasó por una placita preciosa con flores de todos los colores imaginados, en medio de ésta una fuente y observó durante unos minutos como los pájaros se acercaban a beber.
Siguió andando y al torcer la calle le llamó la atención un letrero en el que se podía leer “tu casa” se fijó un poco más y percibió que era una cafetería. Como no tenía prisa, decidió entrar, le atendió una chica morena poco agraciada, pero con unos ojos en los que podía percibir el mar. Hasta entonces nunca antes había mirado tan profundamente a nadie,
-Buenos días -le dijo la camarera- ¿en qué le puedo atender?
- Un café cortado en taza, por favor.
Se lo tomó sin prisa, saboreando cada sorbito, lo había pedido en taza porque era tal y como a él le había gustado tomarlo siempre. Pagó con una sonrisa dibujada en su cara, por el placer que había sentido al volver a percibir ese sabor en su paladar y dando las gracias salió de nuevo a la calle para dirigirse a la estación.
Observaba detenidamente a las personas que en el andén se encontraban: una pareja que se despedían con un apasionado beso y que al separarse advirtió como los ojos de ellas brillaban de una forma especial, incluso que una lágrima se resbalaba por su cara. Unos niños corriendo y la madre tras ellos para que pararan. Un chico joven con el macuto verde entre sus manos y cuya cara triste dejaba entrever que volvía al cuartel donde hacia el servicio militar. Dos señoras mayores que se repartían el equipaje, para que les resultara más cómodo poder acceder a las escaleras tan altas del vagón. Un señor de mediana edad, bien trajeado que con un maletín en la mano, no dejaba de hablar por el móvil…..
Pasaban demasiadas cosas por su cabeza con el ruido, las caras tan distintas unas de otras y el ir y venir de los viajeros.
-El tren con destino a…….. va a efectuar su salida por el andén segundo en cinco minutos -escuchó en voz de mujer por los altavoces.
-¿Dónde voy? -se preguntó- No es posible ¿Cómo he podido estar tan ciego, durante tanto tiempo? Lo que busco, lo tengo…
Moraleja:
A nuestro alrededor, siempre encontraremos una razón que nos empuje a seguir dando Pasos Adelante, sin perder de vista ese horizonte que llevamos dentro.
¿Para que buscar lo que tenemos delante de nuestros ojos?
Si lo único que tenemos que hacer es: APRENDER A MIRAR.
Toda historia tiene su moraleja y esta no iba a ser menos.
