Bebí del charco donde la sombra se refleja,
y un dios que no parpadea me miró hasta el alma.
Tenía mi nombre pegado a la lengua
y un hambre vieja, sin fin, que siempre vuelve.
Las campanas suenan feo cuando pienso,
cada recuerdo duele como un clavo.
He visto cómo el tiempo se pudre en los espejos
y a la fe arrastrarse, ciega, entre gusanos.
Mi corazón es como un cuarto cerrado:
algo raro late detrás de la pared.
Si duermo, sueño con dientes;
si despierto, los muertos me rezan.
No quiero que me salven.
La salvación me tiene miedo.
Soy el poema que nadie escribió
y la herida que aprende a decir “amén”.
Lola Fontecha en el ventanal gaditano.

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