Cuando vimos caer la nieve aquel frio domingo, lo que ocurrió después ante nuestros ojos, nos marcó para toda la vida. De pronto el blanco níveo cambio por el rojo de la sangre que caía desde un balcón de la calle desesperanza, cuando miramos para arriba solo pudimos ver a una niña de no más de seis años, a la que las lágrimas le corrían por su pequeña carita; una y otra vez repetía –mama por favor levanta ya no pasa nada, se ha marchado de nuevo, ahora podemos seguir jugando como siempre.
Era la primer mujer que aquel año perdía la vida, a manos de quien un día prometió protegerla de cualquier mal que pudiera ocurrirle.